No lo entiendo. No sé cómo me las apaño. No sé por qué me pasa. Sólo sé que siempre acabo metiendo la pata hasta la ingle con todo. En una semana, dos meteduras de pata gordas. Las consecuencias que me traerán serán nefastas, lo sé. Pero más que eso, me pesa la culpa de no haber sido capaz de cumplir lo que prometí, de haber fallado de nuevo. Me pesa el daño que he hecho a otras personas que confiaron en mí. Me pesa que otras personas sufran por mi culpa, sin merecérselo. Definitivamente, no soy más que un perfecto inútil. No hay vuelta de hoja. Lo siento, Pablo, pero ya ves que, como te dije ayer, confiar en mí (en mi caso, confiar en mí mismo) es extremadamente peligroso.